viernes, 29 de abril de 2011




Mujeres que vuelan con los pies en el suelo
El Museo Thyssen-Bornemisza y la Fundación Caja Madrid acogen hasta el 5 de junio la muestra 'Heroínas', un recorrido por el papel de la mujer como agente activo a lo largo de la historia

PILAR VERA / MADRID |
Una de las mayores sorpresas en la Odisea está en el canto del descenso de Ulises a los infiernos. Tras hablar con su madre muerta, Ulises ve desfilar a los espectros de las mujeres míticas que han fallecido. Una lista que incluye a "prudentes" y a malditas: Tiro, Antíope, Ariadna, Leda, Leto, Fedra, Erifile. ¿Tantas eran?, se pregunta uno. ¿Tantas mujeres pasaron a la intrahistoria del mito y la leyenda? Por supuesto, por supuesto que lo eran. Muchas, muchísimos nombres válidos, anónimos o gastados, a pesar del demérito y el silencio. Ese es el mensaje que parece transmitir la muestra que acogen, hasta el 5 de junio, el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid. Heroínas recorre el papel de mujeres activas e independientes a través de la historia y el mito y su reflejo en el arte, con especial énfasis en los autores de la contemporaneidad, del XIX en adelante.

La colección repasa los arquetipos femeninos desde tiempos homéricos, en un arco bien trazado que pone en un extremo la mirada abierta de la oteadora Penélope y, en el otro, el ceño de borrascas de Frida Kahlo. Entre ellas, entre todas ellas, la traza común es la ausencia absoluta de sumisión. Por eso caben, en el mismo saco, mártires y amazonas, místicas y hechiceras. Unos ejemplos que vienen servidos, además, con vuelta de tuerca respecto al origen. Las primeras mujeres obstinadas fueron las que esperan - Penélope era "la gansa" debido a su cabezonería-, pero resulta que hoy en día su representante más veraz es la solitaria viajera de la Habitación de hotel (1931) de Hopper. Campesinas y trabajadoras son sublimadas en su condición de sostenes invisibles y pasan a ser dignas cariátides -como atestiguan Jules Breton o Pisarro-. Tras ellas viene el grupo de las ménades, en el que se cuela la delirante Iris, mensajera de los dioses, pillada al vuelo por Rodin.

Hay atletas y amazonas, valquirias furiosas. Está aquí la descorazonadora Amazona herida, de von Stuck, y un fantástico bronce que recrea en tres dimensiones la torsión imposible de su Amazona y centauro. Mujeres determinadas a vestir unas corazas que terminarían transmutándose en corsés y jaulas.

La figura de Juana de Arco -que preside la entrada de la Casa de la Moneda en el enorme lienzo de Jean-Jacques Scherrer- sirve de bisagra entre las dos partes de la exposición, la que recuerda el poder físico de la mujer y la que llama a su fortaleza espiritual o intelectual. La doncella de Orleans reúne en sí los iconos de guerrera, mártir y bruja. Su presencia inicia además, dentro de la muestra, la de mujeres con huella dactilar. Nadie sabe si hubo o no una Ifigenia, cuál fue la última verdad en el realismo mágico de Santa Eulalia, los nombres de las espigadoras, de las lavanderas. Pero Juana de Arco existió. A su sombra hereje se arropan brujas y hechiceras, la mayoría ataviadas a la moda prerrafaelita -con algunos de los ejemplos más famosos del movimiento, como La bola de cristal o La dama de Shalott de Waterhouse-. A los pies de la de Orleans acuden también las mártires, entre las que se incluye a Safo, mártir de sí misma y del amor no correspondido, y uno de los primeros nombres tangibles que encontramos.

A partir de ahí, como decimos, las mujeres tienen entidad y, curiosamente, se elevan: aparecen místicas como Santa Teresa, que cocinan en volandas. Todo lo que las ata comienza a quedar atrás. Vuelan. "Un sedimento de los poderes mágicos o espirituales atribuidos a las mujeres en la iconografía tradicional -explica el catálogo de Heroínas- queda encerrado en la figura de la lectora". La primera de las atrevidas lectoras que aparecen en la lista es María Magdalena leyendo, de Benson (1530). Las letras lindaron siempre con el pecado, como muestra La lectora de novelas de Antoine Wiertz (1853), que se deleita desnuda con los títulos que le facilita el diablo y que ella esconde, cediendo a la vanidad y las ilusiones, tras un espejo. Algunas modelos, sin embargo, leen envueltas en luto -qué gran retrato de desolación silenciosa es el de Helena de Kay (Homer, 1872)-, dejando en claro el poder de la lectura como herramienta de catarsis.

Y tras ellas, por supuesto, el último estadio es el de las pintoras. Las primeras en tener voz propia, mirada al frente, un rostro según su medida. Las individualidades más absolutas, ya que no necesitan ser observadas por el tamiz del ojo ajeno. Sofonisba inaugura ese otear al exterior desde los pinceles, casi con miedo. En el último autorretrato de la serie, la Kahlo se esfuerza por mirarnos con desafectación e indiferencia. Entre medias, entre muchas, Artemesia Gentileschi, Barbara Longhi, Angelica Kauffmann. Alguna, disfrazada. Casi todas, vindicadas junto a sus paletas. Destaca el Autorretrato de Elisabeth Vigée-Lebrun, la pintora más prolífica del XVIII, que muestra un rostro joven e ilusionado a sus 36 años. O el de Marie Bashkirtseff, que observa desde el cansancio, la determinación y la autocomplacencia. Consciente de su victoria.

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